Y después sobrevenía la catástrofe. Llegaban como torrente de hierro los hombres duros de las áridas montañas de Aragón, empujados al llano por el hambre; los almogávares, desnudos, horribles y fieros como salvajes; gente inculta, belicosa e implacable, que se diferenciaba del sarraceno no lavándose nunca. Varones cristianos arrastrados a la guerra por sus trampas, los míseros terrenos de su señorío empeñados en manos del israelita, y con ellos un tropel de jinetes con cascos alados y cimeras espantables de dragón; aventureros que hablaban diversas lenguas, soldados errantes en busca de rapiña y el saqueo bajo la cruz; «lo peor de cada casa», que, apoderándose del inmenso jardín, se instalaban en los palacios y se convertían en condes y marqueses, para guardar con sus espadas al rey aragonés aquella tierra privilegiada que los vencidos seguirían fecundando con su sudor.
Entre naranjos, de Vicente Blasco Ibañez




























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